Por qué orar: El fundamento de la vida espiritual

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Monasterio Invisible de Caridad y Hermandad - grupo de oración desde casa

La oración: llama que alimenta el amor

Hoy en día, falsos evangelizadores oscurecen la Palabra del Evangelio con sus palabras humanas y, con falsas interpretaciones, tienden a menospreciar la importancia de la oración.

Por lo demás, afirman estos, ¿por qué orar si Dios todo lo sabe y todo lo conoce?

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El peligro de descuidar la oración

Con esta premisa, muchos, aunque se consideren buenos cristianos, han abandonado esta estupenda práctica, sustituyéndola a veces con un pequeño pensamiento dirigido fugazmente a Dios o, como mucho, la recitación de un Padre Nuestro y nada más.

Los falsos profetas aseguran: "Está bien, ¿cómo se puede perder el tiempo en la oración cuando se puede actuar por el trabajo, la familia, la diversión justa? Dios, según ellos, puede esperar".

Así nos encontramos viviendo sin la ayuda de la oración y con la conciencia adormecida: es cierto que queda el encuentro dominical con el Señor, pero no es suficiente, porque sin la oración faltan la determinación y la vigilancia. En consecuencia, se aceptan compromisos con la propia conciencia y el consiguiente freno del camino virtuoso.

Es un cambio gradual que escapa a la conciencia y nos permite seguir considerándonos buenos cristianos, pero es una situación muy peligrosa en la que no se puede demorar mucho, de lo contrario, las corrientes de la vida nos llevarán a donde no querríamos.

La oración como llama del alma

La oración es, por tanto, un elemento muy importante para el alma, comparable a la llama que alimenta el fuego. Así, como no puede haber un incendio sin una llama que lo alimente, del mismo modo no puede subsistir el amor en Dios sin la oración.

Si la palabra es importante para el amor humano, mucho más lo es la oración que vehicula el amor y nos une a Dios. En ella está su aliento de amor, está el modo de compartir con Dios todo lo que se desea. No existe otra manera de comunicarse con Él.

Como en el amor humano seguimos expresando a la persona amada nuestros sentimientos aunque ya los conozca, porque el amor requiere compartir y unión, así debemos hacerlo con Dios. Por lo demás, es natural recurrir en las necesidades a la persona amada.

La oración es, por tanto, un arma poderosa para utilizar contra las debilidades y las preocupaciones de la vida, y es necesaria para obtener de Dios, comunicándonos con Él, la salvación y los medios necesarios para que el alma alcance las virtudes. He aquí por qué quien ora obtiene, mientras que quien no ora se pierde.

El soberbio que confía solo en su fuerza, sin conocer la potencia de la oración, omite pedir y cae; mientras que el humilde, aunque probado por tantas tentaciones, resiste.

Sí, la oración es un suspiro de amor, es un medio de sostén y de salvación, es una expresión de gratitud y de alabanza por un Dios tan bueno. Dice el Salmo: "Amo al Señor porque escucha el clamor de mi oración" (Salmo 116, 1).

El poder transformador de la oración

La oración puede todo porque se nutre de la potencia de Jesús; la única condición requerida es la fe y la implicación del corazón. Cristo nos invita a orar a Dios sin cansarnos y con asiduidad. Él desea transformarnos a través de la oración, para lanzarnos más allá de la naturaleza humana y operar el cambio para el crecimiento espiritual.

Si es verdad que la vida depende de la fuerza de nuestro pensamiento, del vigor de la voluntad y del impulso del corazón, es importante saber que, a través de la oración de unión, es posible encontrar la savia que fortalece la mente, la voluntad y las razones del corazón. Puede eliminar toda duda, toda inquietud, todo temor, todo egoísmo a través del fuego del amor divino.

La oración es diálogo con Dios ya que, a través de las palabras, involucra al corazón en el ímpetu de amor. Esta es la esencia que hay que buscar en el silencio de la mente, porque a través de la quietud es posible dejar fluir desde el corazón los sentimientos y las emociones que Dios ha puesto en nosotros.

Por el contrario, para los intrépidos, para quien sabe amar, la oración es como el sol que, con sus rayos, disipa la niebla, libera los ojos para explorar nuevos horizontes que Dios ha creado para su deleite. Luego, con el tiempo, la oración se transforma como un río crecido y arrasa con fuerza los diques de nuestro egoísmo y de nuestras pequeñeces, dirigiendo el pensamiento a la alabanza para agradecer a Dios por los innumerables beneficios.

Todos nosotros necesitamos sanar de la pereza espiritual, del egoísmo, del orgullo, del pecado y de las debilidades. Debemos implorar al amado Jesús para que acuda en nuestra ayuda, porque solo Él puede sanarnos y transformarnos en el hombre nuevo del que habla el Evangelio.

El grito del corazón no debe quedar como un alarido desesperado lanzado al vacío, sino que, a través de la oración, debe convertirse en el motor de la vida, debe producir un poderoso impulso espiritual. Debe alimentar la llama que arde en el corazón y empujarnos por el camino del verdadero amor. Jesús nos ha invitado a orar siempre por nuestra salvación, para regalarnos esa alegría que, pasando a través de su unión, es el puente entre el cielo y la tierra.

La influencia del mal, de la injusticia y la esclavitud al dios dinero ya imperan en el mundo. La oración puede combatir el mal y crear una nueva esperanza de vida.

"Entre tú y Yo", dice Dios, "hay un vínculo que nada podría romper. Yo soy tu Dios; tú eres mi hijo. Pondremos en común, Yo mi eternidad, mi vida y mi santidad, tú tu cotidiano, tu vida terrenal y tu pobreza. Tu existencia se unirá a la Mía, y nunca más estaremos separados, porque yo soy Dios y no pondré más en duda mi alianza. De cierta manera, nuestros destinos están ligados el uno al otro."

La oración es ese momento privilegiado en el cual contemplamos el amor del Padre que nos engendra a la vida filial. Quiere liberarnos desde lo profundo de nuestra humanidad para desarrollarse libremente en nosotros. No deberemos entonces buscar más ideas y palabras para expresar nuestra oración. Nos bastará existir como hijos de Dios: nuestro propio ser será una oración.