
Ángela de Foligno
En la fiesta de los Ángeles, estaba en la iglesia de los Frailes Menores de Foligno y quería comulgar.
👉 RezaCON NOSOTROSRevelación de los Ángeles
Cuando se acercó el momento de la comunión, oré, como ya había hecho antes, precisamente a los ángeles, y principalmente a San Miguel, diciendo: "Siervos de Dios, que tenéis la tarea y el poder de servirlo y presentarlo a los demás, hacedme ver al Dios y hombre y mostrádmelo tal y cual el Padre se lo ha dado a los hombres, es decir, primero vivo, pobre, dolorido, despreciado, llagado, ensangrentado y puesto en la cruz, y después presentádmelo muerto".
Entonces los mismísimos santísimos ángeles, procurándome un placer maravilloso, me dijeron: "Oh, toda agradable y grata a Dios, he aquí que el Dios y hombre te ha sido traído y lo tienes aquí. También te ha sido dado para que puedas mostrarlo y ofrecerlo a los demás".
En ese momento lo tuve realmente frente a mí, como había pedido a los santísimos ángeles, y lo vi de manera clarísima con los ojos del alma, primero vivo, todo dolorido, ensangrentado, puesto en la cruz y, después, muerto.
Entonces experimenté y sentí un dolor agudísimo, al punto que el corazón parecía querer casi romperse ante una visión tan dolorosa. Por otra parte, gocé de un placer y una gran alegría por la presencia de los ángeles y sus palabras gratísimas.
Nunca había experimentado un gozo tan grande, de ese modo, es decir, escuchando las palabras de los ángeles, y nunca habría creído a quien me hubiera dicho que los santísimos ángeles son tan amables y pueden dar al alma tanta alegría, cuanta me procuraron a mí.
Como había suplicado a todos los ángeles, y principalmente a los Serafines, entonces los santísimos ángeles me dijeron: "He aquí, te ha sido dado y ofrecido lo que tienen los Serafines".
Del libro: De las visiones e instrucciones
Después vi a Jesucristo llegar con un ejército de ángeles y la magnificencia de su escolta fue saboreada por mi alma con inmenso placer.
Me sorprendí de haber podido gozar al observar a los ángeles, porque usualmente toda mi alegría se concentra solo en Jesucristo. Pero pronto distinguí en mi alma dos alegrías perfectamente distintas: una provenía de Dios, la otra de los ángeles, y no se parecían.
Admiraba la magnificencia de la que el Señor estaba rodeado. Pregunté cómo se llamaba lo que estaba observando.
"Son los Tronos", dijo la voz. La multitud era deslumbrante e infinita, tanto que, si el número y la medida no fueran leyes de la creación, habría creído que la multitud sublime ante mis ojos era innumerable e inmensa. No distinguía ni el principio ni el fin de esa multitud cuyo número trasciende nuestras cifras.