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Concepción inmaculada
El dogma fue proclamado por Pío IX en 1854 con la bula "Ineffabilis Deus" un texto que consagra cómo la Virgen María fue preservada inmune del pecado original desde el primer instante de su concepción.
Pío IX escuchó que durante su exilio forzado en Gaeta había hecho voto, en respuesta a una llamada interior, que si había recibido la gracia de volver a Roma y de la reconstitución del orden cristiano en Europa, se comprometería a promulgar el dogma.
Tal exigencia como una llamada interior, que recibió mientras estaba absorto en oración ante la imagen de la Inmaculada.
493 Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios santísima, y la celebran «libre de toda mancha de pecado, como plasmada por el Espíritu Santo y formada como una nueva criatura.
138 Por la gracia de Dios María ha permanecido libre de todo pecado personal durante toda su vida.
El catecismo afirma que Jesucristo es verdadero Dios pero también verdadero hombre, en el único sujeto que es divino. Se trata de la unión hipostática. Pues bien, no se puede pensar que Dios, suma perfección y suma pureza, pueda haber recibido la naturaleza humana de una criatura tocada - aunque sea brevemente - por el pecado y, por lo tanto, como tal, sujeta de alguna manera a la acción del Maligno.
¿Qué más queremos? Confiemos en Ella y se nos abrirá un nuevo horizonte que cambiará nuestra vida y nos hará pregustar el de los Ángeles.
María Inmaculada y Bendita: Tú, dispensadora de las gracias divinas, esperanza de todos, incluso de la mía, Agradece por mí al Señor el haberme dado la gracia de conocerte; por haberme hecho comprender el medio para obtener mi salvación. Porque entiendo que puedo salvarme por los méritos de Jesucristo y por Su intercesión..
María; ruega por mí y encomiéndame a Tu Hijo, Tú que me conoces tan bien: con mis penas y mis necesidades. ¿Qué puedo decirte "Ten piedad de mí. Yo soy tan pobre que no alcanzo a pedir las gracias que me son tan útiles. Dulce, Reina Madre: ruega por mí y obtenme de tu Hijo lo que mi alma necesita. Me abandono completamente en tus manos y ruego a Tu Majestad Divina, que me alcance las gracias que Le pido. Ruega, oh Virgen Santa María, por lo mejor para mi alma. Tus oraciones son siempre escuchadas, porque son plegarias de madre ante el Hijo que tanto La ama y que es feliz de hacer lo que Le pides, para honrarte y demostrarte Su gran amor. Señora mía, hacemos un pacto: yo me confío a Tí y Tú piensas en mi salvación.
Amén